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domingo, 26 de febrero de 2017

DURANTE CASI DOS SIGLOS LAS PELUCAS CAUSARON FUROR


La sífilis y la moda de las pelucas masculinas



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Durante casi dos siglos, las pelucas causaron furor. Sin embargo, ese pelo elegante y exagerado no habría llegado a ser popular si no hubiera sido por una enfermedad venérea, un par de reyes y una mala higiene del cabello.
La historia de la peluca comienza con la sífilis. En 1580, las enfermedades de transmisión sexual se habían convertido en la peor epidemia que afectaba a Europa desde la Muerte Negra. En Londres, una gran multitud tenía desbordados los hospitales y cada día iba a más. Sin antibióticos, las víctimas se enfrentaban a la enfermedad: llagas, erupciones desagradables, ceguera, demencia y pérdida de pelo. La calvicie se hizo dueña de las calles.
En aquellos tiempos, la pérdida del cabello era un escaparate a la vergüenza pública. El pelo largo era un símbolo de estatus y moda, y una cabeza calva podía manchar cualquier reputación.

Y así, el brote de sífilis provocó un aumento en la fabricación de pelucas. Las víctimas ocultaban su calvicie, así como sus sangrientas llagas, con pelucas de caballo, cabra o pelo humano. También eran perfumadas con lavanda o naranja para ocultar los malos olores. Aunque comunes, las pelucas no eran muy elegantes. Sólo eran una vergonzosa necesidad. Eso cambió en 1655, cuando el rey de Francia comenzó a perder el pelo.

Luis XIV tenía sólo 17 años cuando su cabellera comenzó a menguar. Preocupado de que la calvicie dañara su reputación, contrató a 48 peluqueros para salvar su imagen. Cinco años más tarde, el rey de Inglaterra -el primo de Luis, Carlos II– hizo lo mismo cuando su cabello empezó a ponerse gris (ambos probablemente tenían sífilis). Los cortesanos y otros aristócratas copiaron inmediatamente a los dos reyes. Había nacido una nueva moda en Europa.
El coste de las pelucas aumentó. Una peluca normal costaba unos 25 chelines, una semana de sueldo para un londinense común.
Cuando Luis XIV y Carlos II murieron, las pelucas siguieron siendo populares porque eran prácticas y denotadoras de status. Eran tiempos en los que los piojos estaban a la orden del día. Las pelucas también redujeron este problema; al tener que afeitarse la cabeza para encajar la prótesis, aquellos bichitos ya no eran tan felices.

A finales del siglo XVIII, la tendencia fue a menos. Los ciudadanos franceses “expulsaron” las pelucas de sus vidas durante la Revolución y los británicos dejaron de usarlas después de que el Gobierno decretara una ley para cobrar el uso de las mismas, el famoso impuesto sobre las pelucas de 1795 (como otros impuestos extravagantes de los que hablamos aquí). El pelo corto y natural se convirtió en la nueva locura, y permanecería así durante otros dos siglos… (hasta que llegaron The Beatles).

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