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viernes, 27 de enero de 2017

CARLOTA JOAQUINA DE BORBÓN

Carlota Joaquina de Borbón, la reina de Portugal y emperatriz de Brasil que conspiró para hacerse con la corona española

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Hija, madre y hermana de reyes, ella misma reina consorte, emperatriz honoraria, ambiciosa sin ambages y conspiradora pertinaz con pocos escrúpulos, Carlota Joaquina de Borbón es uno de los personajes más jugosos de aquellos difíciles tiempos.

Una época que, a principios del siglo XIX, estuvo marcada por el auge del Imperio Napoleónico y su repercusión en toda Europa pero muy especialmente en la Península Ibérica. Un personaje oscuro y atractivo por los múltiples asuntos en que estuvo envuelta, y que daría mucho juego para un literato o un cineasta.
Carlota Joaquina Teresa Cayetana de Borbón y Borbón-Parma era la segunda de los catorce vástagos que tuvieron Carlos IV y María Luisa de Parma (el verdadero padre sería Godoy, según las habladurías) tras los veinticuatro embarazos de ésta, de los que sólo salieron adelante siete y, por supuesto, ella fue una de esas supervivientes, en una tenacidad que parecía biológica porque otros dos fueron el que reinaría en España con el nombre de Fernando VII y Carlos María Isidro, que encabezaría el movimiento que tiñó de sangre el país por su empecinamiento en reivindicar su derecho al trono frente a su sobrina Isabel II.
El caso es que, de no existir la Ley Sálica, como primogénita viva hubiera reinado en España en vez de su hermano Fernando, al que sacaba casi una década. Pero nunca se resignó e hizo de su biografía una continua lucha por el poder; parecía predestinada a ello, ya que con sólo diez años de edad fue entregada en matrimonio al príncipe Juan de Portugal, de dieciocho, previa dispensa papal y de forma simultánea a la boda de la que sería su cuñada, Mariana Victoria de Braganza, con el infante español Gabriel de Borbón, tío de Carlota Joaquina. 
El enlace del príncipe no fue bien recibido por muchos portugueses por la tradicional desconfianza hacia sus vecinos por la idea, siempre latente, de una nueva unión ibérica. La correspondencia del marido con su hermana revela que el matrimonio, lógicamente, no se consumó hasta 1790. 






La familia de Carlos IV (Goya). Carlota joaquina es la cuarta empezando por la derecha/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La suspicacia de los lusos no tardó en revelarse justificada. La niña, aunque de gran cultura, tenía un carácter fuerte que se puso de manifiesto cuando el heredero al trono de Portugal, el príncipe José, murió y Juan tuvo que sustituirle como futuro monarca. El panorama cambiaba radicalmente porque José era un ilustrado y progresista mientras que Juan se situaba en el lado opuesto, ultraconservador y muy religioso, partidario del absolutismo
Además no tuvo más remedio que asumir la corona por el manifiesto desequilibrio mental de su madre, María I, con la corte temerosa de perderlo asimismo a él -también sufría cierta enajenación- y que una española quedara como regente. Algo que se hizo realidad al descubrirse en 1806 que Carlota Joaquina, que ya mostraba profundas desavenencias con su marido, había formado un partido para que le incapacitase y le entregara el poder a ella.


CARLOTA Y JUAN DE PORTUGAL

Carlota Joaquina y Juan de Portugal/Imágenes: dominio público en Wikimedia Commons

Era la culminación patente de sus constantes intromisiones en los asuntos políticos y le supusieron la expulsión de la corte, quedando confinada en el Palacio de Queluz; sin embargo, no estaría mucho tiempo allí porque el contexto internacional puso todo patas arriba. Cuando Portugal, secundando la postura de su aliada clásica Gran Bretaña, se negó a secundar el bloqueo continental dictado por Napoleón, las tropas francesas entraron en el país. 
Y lo hicieron con la aquiescencia de España, alineada con Francia desde hacía mucho tiempo por los Pactos de Familia. La posición de Carlota Joaquina quedó así muy comprometida, aunque el peligro galo llevó a la familia real lusa a decidir ponerse a salvo embarcando para sus colonias de ultramar. El destino fue Brasil, donde desembarcó en enero de 1808 para instalarse en Río de Janeiro.
Surgió entonces una oportunidad para satisfacer su ambición: con todos los miembros de la realeza española retenidos en Valençay por Bonaparte y a despecho de la ocupación del trono por el hermano de éste, José I, tras la abdicación de Carlos IV y de Fernando VII, el vacío de poder permitió plantear la posibilidad de que Carlota Joaquina se convirtiera en la depositaria legítima de la Corona hispana. Así, escribió una carta en ese sentido al vecino Cabildo de Buenos Aires, creándose un partido en favor de sus aspiraciones. 
Pero las cosas no resultarían tan sencillas y encontró más oposición de la prevista inicalmente: parte de los criollos la apoyó contando con que lo que pasaba en Europa era una causa perdida y se podía llevar a cabo un movimiento emancipador con una monarquía americana encabezada por ella; otra parte se le opuso radicalmente porque aspiraban a una independencia republicana; y los realistas nunca se fiaron de su propuesta por venir de la que era reina de Portugal, aunque fuera nacida española, y la posibilidad de que un día su marido reclamara el trono quedando España en manos lusas.






Embarque hacia Brasil en Belem/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esta situación se enredó aún más al saberse que Juan pretendía crear un país sudamericano unificado bajo su corona, englobando Brasil, el Alto Perú, el Río de la Plata y el Paraguay. Pero, aunque el plan contaba con el visto bueno de algunos militares británicos destacados en la zona, el embajador en Río, Lord Strangford, se mostró radicalmente en contra ante el temor de que se creara una gran potencia americana que sustituyera a España y obstacularizara el previsible establecimiento de un librecambio comercial que traería la independencia de los virreinatos españoles. 
No se sabe hasta que punto Carlota Joaquina formaba parte de ese proyecto o sólo quería sinceramente salvar la corona española en ausencia de su titular, pues, al parecer, llegó a colaborar económicamente con los realistas en su enfrentamiento con los movimientos libertadores entregando sus propias joyas. En cualquier caso, el Consejo de Regencia la desautorizó desde Cádiz, pese a situarla tercera en la línea de sucesión hispana.
En 1815 se creó el Reino Unido de Brasil y Portugal. Para entonces Napoleón había sido ya derrotado y Fernando VII volvía a ser rey de España. Dado que desde 1806 estaba viudo de su fallecida esposa María Antonia de Nápoles y carecía de descendencia, se arregló su matrimonio con su sobrina María Isabel de Braganza, hija de Carlota Joaquina (que no duraría mucho porque moriría en 1818 durante un parto), enlace celebrado a la vez que el de su hermano Carlos María Isidro con la otra hija, María Francisca. 
Entretanto, en 1816 falleció María I y Juan fue proclamado Rey. Cuatro años después triunfaba en Portugal un levantamiento liberal que dio lugar a Cortes Constituyentes, las cuales exigieron el retorno de los monarcas a la metrópoli. Así lo hicieron, si bien su hijo Pedro, el heredero, prefirió quedarse en Brasil. Los acontecimientos dieron entonces un giro insospechado.






Pedro I de Brasil y IV de Portugal/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1822, al contrario que su marido, Carlota Joaquina se negó a jurar la constitución, por lo que fue desposeída de su categoría de reina y de la nacionalidad portuguesa, y estuvo en un tris de ser desterrada. Fue la chispa definitiva para que Pedro se pusiera al frente del movimiento emancipador brasileño y proclamara su independencia, autonombrándose emperador y a su madre emperatriz honoraria. 
Mientras, ella organizó varias conspiraciones absolutistas, como la Vilafrancada o la Abrilada, encabezadas personalmente por su otro hijo, Miguel. Fue la gota que colmó el vaso y Carlota Joaquina terminó confinada en el Palacio de Queluz una vez más; la Arpía de Queluz, se la llamaba popularmente, máxime cuando en 1826 murió Juan y no faltaron acusaciones de envenenamiento por parte de su esposa, que habría inyectado arsénico en las naranjas que le daba. 

Como Pedro eligió la corona brasileña hubo que establecer una regencia liderada por la infanta Isabel María, en espera de que cumpliera la mayoría de edad la hija de Pedro, María da Gloria; ésta tenía sólo siete años, pese a lo cual se arregló su casamiento con su tío Miguel, que había heredado de su madre un feroz antiliberalismo, lo que a la larga traería enfrentamientos civiles en el país. Pero todos esos avatares ya no los conocería Carlota Joaquina, que falleció en 1828 de un cáncer de útero; antes, no obstante, consiguió colocar a Miguel en el trono.


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